Más de 4.200 contagiados. 121 fallecidos.
El Gobierno celebra un consejo de ministros extraordinario, al que acude Pablo Iglesias (supuestamente en cuarentena por el contagio de su pareja y ministra de Igualdad, Irene Montero), para materializar con medidas concretas el Estado de Alarma. El encuentro se alarga casi siete horas más de lo previsto por la complejidad de las normas a adoptar. Pedro Sánchez comparece finalmente para explicarlas (limitación de la libertad de circulación, cierre de establecimientos, asunción de todas las competencias clave) y España se adentra en terreno desconocido.
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La más global de todas las pandemias de la Historia ha demostrado la imbricación extrema y el indisoluble nivel de conexión del planeta. También ha reafirmado la conocida igualdad de todos los seres humanos ante la contracción de una enfermedad y la muerte. Pese a estas escandalosas y ramplonas evidencias, el MIEDO y la semilla del ODIO, que todos llevamos plantada, pero que a no todos nos han abonado y regado para que germine, se expanden a mayor velocidad que el virus.
Madrid es el epicentro de la epidemia de Covid-19. Hoteles emblemáticos cuyas camas van a reforzar hospitales, el Retiro cerrado, estaciones vacías, grandes avenidas desérticas y cifras que quitan el sueño, además de relatos escalofriantes del estrés acumulado en la Sanidad de la ciudad siembran un clima de extraordinaria preocupación en mis conciudadanos.
Igenua de mí, pensaba que la especial gravedad de la situación en Madrid causaría olas de empatía y solidaridad, siquiera verbal, ahora que las redes sociales y el amor banalizado lo ponen a huevo. Pero, no he debido ver demasiadas películas de catástrofes o me queda lejos la lectura de "La Peste". ¿Cómo no he pensado que el efecto contagio es uno de los principales motores del instinto de supervivencia y que éste, mal gestionado, se transforma en un rodillo amoral? ¿Cómo no haber previsto que el odio a Madrid, oportunamente cebado en Cataluña durante los últimos años, prevalecería sobre la compasión ante el enfermo o el moribundo; ante sus familias?
Silencio sobrecogedor en la ciudad y ruido ensordecedor en Internet.
Qué contraste.
Las calles vacías y las redes llenas.
Qué paradoja ese rugido angustioso, estresante, ansiógeno de palabras solo leídas, no verbalizadas.
"Madrileños", "Cerrad Madrid", "Irresponsables" han sido tendencia en Internet. Carles Puigdemont ha hablado de "virus" para referirse a la capital. También ha dicho: "antes infectada, que rota", como pataleta por la pérdida de competencias que el estado de alarma impone a Cataluña, COMO AL RESTO DE COMUNIDADES AUTÓNOMAS, de la que los elegidos de Dios se creen distintos.
Un día hablaremos del procés y del odio extremista, xenófobo y supremacista que ha normalizado en miles de personas que se creen inmaculadas.
Un día hablaremos de cómo los líderes de VOX ejercen de ultranacionalistas y ultraderechistas, xenófobos y populistas, pero TODA la izquierda los confina como tales-, y de cómo en Cataluña eso no pasa, porque el pujolismo programó a millones de ciudadanos para sentir culpa de traicionar a cualquier catalán por el mero hecho de serlo. Culpa por traicionar a la patria, ese proyecto común fantasma. Un sol poble. Ein Reich.
Somos nuevos en esto de las pandemias. Es la primera vez que nos encierran en casa y tiran la llave al Manzanares. Los madrileños somos los primeros en ser masivamente confinados.
Desconcertados, solos en medio del silencio acojonante de las calles y el ruido enloquecido y culpablizador de las redes, abrimos tímidamente la cortina del desasosiego para comprobar si nuestros desconocidos vecinos se hallan que no se hallan, tal y como nosotros.
Y entonces, se oyen las primeras palmas. Las ventanas y balcones de "los otros" se unen en un aplauso que retumba entre hormigones, una ovación de millones de desnortados para los sanitarios que luchan contra "EL VIRUS". Nos miramos de reojo y, como también lo de aplaudir a la nada es nuevo y TAN, TAN raro, alzamos las cejas para saludarnos y hasta movemos las manos o lanzamos algún mensaje de ánimo.
Yo creo que la ovación es también un poco para nosotros. No porque creamos que la merecemos, sino porque hace saber al otro -que está igual de incrédulo y perdido que tú- que estás. Y que los madrileños pasamos absolutamente los unos de los otros, a Dios gracias, hasta que llega el momento de afrontar problemas con resiliencia y gracejo.
Y ahí estamos, inmunizándonos contra el Covid-19 y contra el odio.
"La primavera sabe que la espero en Madrid"
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