CORONAVIRUS MADRID/DÍA13

EL PICO QUE NO CESA

Estamos a casi 900 muertos diarios y las UCIs al 200% de su capacidad. Y lo que te rondaré, moreno. Nos encontramos, de nuevo, en "la peor semana".
El Gobierno ha acentuado las medidas restrictivas para paliar un colapso sanitario que, si bien se esperaba, huele a "pero no tan bestia". Menos los "servicios esenciales", todo está paralizado hasta el 9 de abril, que resulta que es Viernes Santo y yo me había enterado exactamente igual que del reciente cambio de hora: nasti. 
El hospital Gregorio Marañón de Madrid recibió el domingo 2.000 visitas a Urgencias. DOS MIL VISITAS. En un día. Un solo hospital. Dicen que en las útimas 48 horas el flujo de ingresos ha caído sensiblemente, al menos en Madrid y Euskadi. Ojalá.
En Europa, el virus se extiende como le gusta a Alemania: a distintas velocidades. En Estados Unidos, tiene pinta de estar formándose la gozadera. Madrid tiene 1.500 camas de UCI ahora mismo y Nueva York, 1.800. Ahí queda eso.
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La cosa pinta tan fea que algunos estamos un poco en modo Las Grecas: "prefiero no pensar, prefiero no sufrir". Están las cifras de escándalo y muchos, en un circuito paralelo, disociando para manejar la realidad. Disociar, según me contó un terapeuta que tuve, es que haces "esto no me está pasando tralará" para protegerte. Luego, resulta no funcionar del todo porque la que se hace la sueca para no sufrir y la que sufre en segundo plano son la misma, pero en el momento salva la situación. No sé bien qué va a ser de nuestra psique manejando el estrés post traumático, con lo blanditos que estábamos antes de esta preciosa y súbita toma de contacto con la vulnerabilidad del todo. Ya veremos. Lo importante ahora es EL PICO DE LA CURVA.

Cada vez que el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, rostro por antonomasia de este inolvidable período de nuestra Historia, comparece y habla del "pico de la curva", yo emito un imperceptible gemido de sufrimiento. Sufro por ese rostro de la crisis demacrado, ajado, envejecido, contagiado, al que media España quisiera matar y otra media quisiera sentar en la butaca de su salón, darle un vaso de leche caliente con miel para la voz, arropar con una manta y dejarle que duerma tres días.
Pero, sufro también porque me siento en una de esas interminables pendientes casi verticales de las montañas rusas, que los vagones de la atracción suben renqueando traca-traca-traca, mientras todo lo conocido se hace lejano y pequeño. Siento que estamos todos tan ansiosos por alcanzar el punto de inflexión, el PICO DE LA CURVA, que no nos damos cuenta de que igual lo que viene después no es ese subidón de adrenalina que dispara las melenas y las cuerdas vocales, sino un bajón inesperado ante la ausencia de subidón. No sé si me explico.

Creo que la gente fantasea con un día de la Liberación, como el que vivió mi madre en París en agosto del 45, con sonidos de descorche y muchedumbres embriagadas por la risa, el alcohol y los abrazos (hoy ha muerto en Francia por el maldito bicho Rafael Gómez, por cierto, último superviviente de La Nueve), pero me temo que nosotros no tendremos "día D". Solo una relajación gradual de la situación, sin épica alguna y con sonido de reproches, bronca y odio, que es la banda sonora que nos ameniza, desde hace ya varios días. Qué lejos quedaron los mensajes de unidad. 

No hay nada más aleatorio que la enfermedad, ni nadie a quien culpar cuando te toca. Sé por experiencia cuán frustrante es el azar y lo bien que sabe tener un sparring en la vida al que echarle el muerto de tus desdichas. Sin embargo, cuando la enfermedad son millones de enfermedades a la vez, la cosa cambia. Aunque pertenecemos a la avanzadilla de sociedades víctimas del Coronavirus, junto a China, Irán, Corea del Sur e Italia, muchos en España han decidido que somos los peores en la gestión de la pandemia y que la culpa es del Gobierno. Y de sus socios. Y de su madres. Y de quienes los votaron.

Yo, que a ojo de buen cuñado creo que se han hecho muchas cosas mal, otras pichí-pichá y algunas bien, tiendo a pensar que podremos hablar con propiedad cuando pase el tiempo. Bastante tiempo. Cuando esto se haya erradicado por completo en todas partes y podamos comparar lo sucedido en todo el mundo. Con datos fiables, definitivos, contundentes; no con la chapuza estadística que usamos estos días, procedente de países desbordados que contabilizan mal, no tienen suficientes pruebas y van a salto de mata bandeando la situación.
Tampoco es una idea muy loca esta que apunto.
Bien, pues algunos ya tienen culpables y sparring de confinamiento.

Cuentan que en el siglo XIV, las sociedades diezmadas por la peste bubónica decidieron que la culpa era de los judíos, sorpresa, el pueblo elegido para recibir, la diáspora hecha pushing ball, los inventores del chivo expiatorio. Los pogromos ahora no son tan bestias, ni son presenciales, porque aún no se han vuelto trendy entre la gente radicalizada, pero cualquier experto en modas sabe que todo vuelve. En cualquier caso, las semanas de confinamiento y el cabreo pandémico por esta distopía sobrevenida han transformado a las redes sociales en una suerte de ruta por el medievo virtual, que incluye el embreado, el emplumado y el paseo enjaulado para escarnio público, como experiencias Smartbox.

Para qué entras en las redes sociales, dirás. Porque confinada tampoco hay muchas más opciones, responderé. Y porque es lo que nos queda de las tabernas, aunque cada vez se parezcan más a las de los hooligans del Manchester.

Se me ha olvidado mencionar que me encuentro mucho mejor. El olvido de la enfermedad es en sí mismo el mejor de los indicadores de recuperación. No ha regresado del todo el olor, pero cuando eres una apestada, tiene sus ventajas.
Nos ha dejado marzo con lluvia y con nieve. Y con viento fresco, añado. Que se vaya. Hasta nunca marzo del bisiesto. A ver qué pasa con abril, "the cruelest month". Tengo una apuesta con mi calendario personal: tiene que ver con curvas, subidones y bajones. No pienso desvelarla hasta que no veamos EL PICO y confirmemos que no es una invención de ese oficio en progresivo descrédito, por el que nunca nadie aplaudirá y que, oh milagro, no es el de periodista. Epidemiólogos, ¡a la plaza pública!


Put the blame on Mame...


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