CORONAVIRUS MADRID/DÍA10

INVIERNO DEL 43

500 muertos en un día. QUINIENTOS. 40.000 infectados oficiales, que se limitan básicamente a los pacientes ingresados y el personal sanitario, porque todos los demás (al menos, en Madrid) no realizamos la prueba. No hay suficientes PCR (hasta nos sabemos las siglas del test) para todos y, aunque ha llegado una remesa amplia, los sanitarios siguen siendo prioritarios, pues hay un 12% de afectados. Fallecidos sin atender en las residencias de ancianos de Madrid, UCIs colapsadas, imágenes de pacientes tosiendo en el suelo de los pasillos de Urgencias y el Palacio de Hielo, donde tantas veces he ido a patinar, transformado en una morgue gigante para los muertos por Covid-19, porque los servicios funerarios no dan abasto.
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Ya casi no circulan memes, ni vídeos de coreografías en los balcones, ni monólogos de bienvenida al confinamiento. Esto ya no parece un ensayo general de un final de temporada de Black Mirror. Esto es un horror en toda regla. Se sabía. Sabíamos que llegarían los días duros, pero no cómo serían, de qué detalles estaría compuesto el espanto. Pues ya lo tenemos, como tenemos a la enfermedad instalada en las pandillas de amigos y las familias. En apenas unos días, tener el virus ha pasado de causar alarma a ser encajado con cierto grado de naturalidad. Toda familia tiene miembros con el bicho, en casa o en el hospital. Y, como también vaticinamos por aquí, defendiendo la sabiduría de las abuelas que hoy pelean como jabatas en residencias y UCIs, "una se hace a todo". Pues eso.

Yo tengo ahora lo que llamo mi "ventana de oportunidad paracetaLOL", que consiste en dos o tres horas de tregua, cortesía del Efferalgan, en las que me siento más o menos persona y puedo comunicar, escribir, concentrarme en alguna serie, comer y ducharme. El resto del tiempo, como ya me han explicado co-sufrientes y médicos, padezco los característicos "picos" de la enfermedad. "Momentos valle" del día, en los que una subida de décimas me provoca escalofríos y me sume en un agotamiento extremo, se alternan con "momentos cumbre" (los menos), en los que puedo hacer ciertas cosas, con fatiga. Dicen que puedo estar así dos semanas... Paciencia.

Verdaderamente, que esta enfermedad no era de este mundo lo saben hasta los chinos -perdón-. Todos los síntomas superpuestos no recuerdan a nada. Las mialgias y cefaleas o el cansancio se parecen a los de una gripe muy fuerte, pero no así la ausencia total de olfato y de gusto que sufro, aun teniendo la nariz despejada. Tampoco se parece a nada el curso de la enfermedad: no transcurre en la secuencia normal de primeros síntomas-agravamiento-resolución. Esto es un universo aleatorio de sensaciones. El tercer día estás mejor que el quinto y el séptimo mejor que el noveno. Y luego, al parecer, hay una traca final, tras la que llega la recuperación express. ¿Ein? ¿Esto qué coño es? Mierda de murciélago.

Toda guerra tiene su momento de hundimiento de la moral. Las tropas arrastran los pies, se dejan morir, el horizonte de la victoria se eterniza, todo se torna gris, la muerte y la destrucción no encuentran réplica. Estamos en ese instante. El país y los cuerpos del país. España tiene el inicio de la batalla ya demasiado lejos como para que permanezcan las arengas de lucha en el ambiente y el final, lo suficientemente inalcanzable como para que suponga acicate alguno. La curva no se dobla ni con mil ejércitos de monjes shaolines y el personal arrastra los pies, en modo infantería abatida.
Así andan también los cuerpos, al menos el mío: ni al principio, ni al final, ni todo lo contrario. Venga a pelear contra lo desconocido y sin precedente al que agarrarse. Y yo no soy nadie en mi levedad: si algo ha hecho el Covid-19 es aplacar un poquito la pandemia de egos. Ahora, la gente cede su puesto, se pone a la cola o se calla, porque ninguno somos nadie, menos los que están en las trincheras.

Estamos en el invierno del 43. Estamos en Stalingrado, pero sin perspectiva del tiempo.
Stefan Zweig con su perro Kaspar
Ahora sabemos que aquello fue un punto de inflexión crucial en la Segunda Guerra Mundial y, por tanto, en la Historia de la Humanidad, pero imagino que en enero de aquel año no lo verían con tanta claridad y calorcito como yo ahora.
Stefan Zweig se suicidó exactamente un año antes de la derrota del General Paulus en Stalingrado, convencido de la victoria del Reich. Nunca le perdonaré no haber aguantado un poco más y haber vuelto triunfal a Viena, en el 45, para escribir más biografías y ensayos.
It ain't over until it's over. Pues eso. Vamos.

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