8.000 contagiados, más de 300 muertos. Los casos han pasado de 2 a 100, en una semana; la siguiente, de 100 a 1.000 y de 1.000 a 4.000, en cuatro días=crecimiento exponencial.
El Gobierno reúne virtualmente a todos los presidentes de CCAA para adoptar nuevas medidas urgentes. Solo se niega a firmar el acuerdo el presidente de la Generalitat, Quim Torra.
Las comparecencias del presidente Pedro Sánchez son vistas por 20 millones de personas.
Se cierran fronteras.
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Ya llevo una semana de encierro y se hace larga, pese al privilegio de contar con un espacio privado exterior por el que caminar. Decido aislarme del ruido mediático y de las redes sociales, porque me afectan, me estresan y me aturullan.
"Ruido de las redes". De nuevo: es tan paradójico que ese rugido constante se produzca en silencio, pero cause el mismo efecto que escucharlo a un volumen desquiciante...
No sale nadie de casa. Ahora ya, ni los despistados, ni los caraduras. Está mal visto y es lo mejor que puede pasarle a este capítulo de "Black Mirror" que estamos protagonizando. El estado de alarma se aplica y la gente se aplica en aplicarlo. Se multiplican las iniciativas de ocio y entretenimiento online y todo el mundo se empeña en compartirlas, lo cual me aturulla aún más, por el ingente volumen de whatsapps que recibimos. Tanto, que acuso dolor de codo y hombro de darle constantemente a la pantalla táctil. He empezado un puzzle, me he apuntado a un curso de El Prado y escribo estos apuntes sin pretensión ninguna, además de realizar las tareas del hogar y de mantenimiento físico. Aun así, la sensación de irrealidad es tan potente, que me impide disfrutar o concentrarme a gusto. ESTE OCIO NO ES NORMAL, me susurra mi siempre motivado cerebro reptiliano.
Del trabajo, hay pocas noticias. Dependo de lo que en España siempre hemos llamado "Europa" y mis jefes de "Europa" andan pollosincabeceando, como aquí, pero con retraso. Ni están, ni se les espera, de momento. Creo que esto ha pillado a Macron con el pie cambiado. O, mejor dicho, con el pie pisando el acelerador de las elecciones municipales. Y ahora: "bonjour, réalité", como decía mi madre.
Hoy, paso esencialmente a dejar constancia de un tuit. Para que quede. Para no olvidarlo. Para que la avalancha de información no lo sepulte en el atracón imposible de digerir que engullimos constantemente. Lo escribió la ex consejera de Educación de la Generalitat, huida en Escocia, y lo hizo suyo Carles Puigdemont.
"De Madrid al cielo" fue un eslogan muy usado en los 80 y 90. Creo recordar que se utilizó para la designación de Madrid como capital europea de la cultura. Muchos taxis lo llevaban en pegatinas y muchos bares lo pusieron sobre sus toldos. Una chorrada pichi. Un lema sin importancia para darse relumbrón, mientras Sevilla bullía con su Expo y Barcelona, con sus Juegos. Su origen es confuso, pero nadie duda de que alude a lo lista para trascender que le dejan a una los placeres de la Villa y Corte. Cómo puede alguien utilizar ese dicho para señalar a una población víctima de contagios y muertes a espuertas es un misterio solo explicable por el odio y la deshumanización que generan los fascismos.
La izquierda catalana, con la anuencia de la española, es responsable de no identificar, aislar y señalar a esta gente como lo hace con el ultranacionalismo xenófobo de VOX. Mientras callen, minimicen, no los etiqueten como los supremacistas que son o miren para otro lado, nos será imposible a los no catalanes saber exactamente cuántos son.
Estamos aprendiendo que al Covid-19 se lo combate con extraordinarias medidas de aislamiento y determinando con la mayor precisión posible el número exacto de contagios. Es urgente que la izquierda catalana trate la epidemia nacionalista con el mismo empeño o seguirá causando daños irreparables en toda la sociedad española.
"Pues el invierno y el verano,
en Madrid son buenos,
desde la cuna a Madrid
y desde Madrid al Cielo".
Luis Quiñones de Benavente . SXVI
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