Más de 10.000 muertos. Solo en las residencias de Madrid han fallecido 3.000 ancianos, durante el mes de marzo. En un mes de marzo normal, mueren 1.000, así que tampoco hacen falta esos análisis forenses que nunca llegarán para calcular el siniestro botín del virus entre los mayores. El Ejército monta hospitales de campaña por todas partes; casi todas las poblaciones con enjundia tienen su polideportivo lleno de camas y bombonas de O2. El Covid-19 se expande a sus anchas por el mundo y si en España cerramos los ojos para no ver las morgues improvisadas en pistas de hielo, en Guayaquil (Ecuador) no funciona la maniobra de evasión, porque los cadáveres yacen sobre las aceras. No hay dinero, no hay funerarias, no hay medios y los muertos apestan, en todas sus acepciones. Nos van soltando las malas noticias por fascículos, así que hoy han empezado a largar que estaremos confinados, al menos, hasta el 23 de abril, día del Libro sin casetas, ni rosas, ni firmas, ni Dios.
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Si la semana pasada el ambiente estaba llenito de crispación y hormonas mal gestionadas, esta va terminándose en un clima generalizado de apatía e indiferencia. Es sábado como podría ser lunes y no hay mucho que contarse ya en las videollamadas que hemos instituido y a las que no acabo de pillarle el tranquillo.
Me he sentado muchas veces con amigas y amigos a bebernos un vino y charlar como si estuviésemos en un bar, pero no logro omitir el "como", por mucho que lo riegue con Albariño o Ribera del Duero. Al final, las caritas en las pantallas y su habla entrecortada no se parecen en nada a los rostros en tres dimensiones que me gusta observar mientras se pierden en el relato.
En el trabajo es aún peor. Multiconferencias con diferentes acentos en inglés que se interrumpen unos a otros, interferencias y semblantes pixelados transforman cada reunión para mis oídos en una charla entre una misión Apolo y Cabo Cañaveral. El mismo tono ininteligible de radiotransmisión. Three, two, one, ignition y mi cerebro se catapulta a otro universo. No me entero de nada. Mi rendimiento laboral está hibernando, como la economía nacional y como la vida, en general. Creo que todos estamos funcionando un poco en modo ahorro de energía, realmente...
Cuando miro fotos, soy de las que me fijo más en el bote de mayonesa sobre la mesa de la cocina que en las caras sonrientes que se supone lo hacen insignificante. Así que en estas conversaciones a varios, mi mirada trasciende el mosaico de cabezas parlantes y se adentra en el interior borroso de las casas de mis interlocutores. Escudriño como puedo sus cuadros, sus libros, su atuendos, sus movimientos. En ocasiones, hay suerte y pasan personas por detrás del tiro de cámara; otras, mis colegas se levantan y liberan espacio para que vea mejor sus estancias. No pretendo nada, no es alma de cotilla, es mera curiosidad, una rendija por la que mi imaginación desbocada puede desconfinarse.
Echo de menos a la gente. No sé qué hacer con tantas cosas por contar, tantas risas por echar, tantos achuchones por dar. El intercambio con mis semejantes me nutre como el agua y, dado que la recibo con cuentagotas, lo mismo que la luz natural, hago una fotosíntesis regulera; ando como planta mustia, "achicopalada", que dicen en México.
Sueño con abrazos y dicen que tardaremos en dárnoslos. No sé qué voy a hacer, porque si algo me va a costar más que no ver ni a mi pescadero para hablar con él del Atleti es tener que ver a gente a la que añoro y no poder saltarle al cuello. Qué tortura. "Hay que actuar como asiáticos", decía el otro día no sé qué experto en la tele. A estas alturas, así, como si fuese fácil. Ayer era una intensa bañada en efusividad andaluza y hoy soy la señora Kim. ¿Y qué hago con mis brazos, si salen disparados antes de que piense? ¿Me los amputo? ¿Me los ato a las piernas con elásticos, como los que llevan mis mascarillas caseras? Orejas con gomas, pase. Brazos pegados al cuerpo, no.
Dicen también ("dicen" es una cojugación muy pandémica, hay tantas medidas por tomar que no puedes estar al tanto de todas) que a los que podemos ser contagiosos nos van a "arrejuntar" en hoteles, polideportivos u otras instalaciones. Mi cerebro peliculero ya se ha llenado de imágenes de deportaciones, apellidos por megafonía y maletas de cartón. "Yo ahí solo voy con los pies por delante", he exclamado, dramática e inoportuna. Luego, he pensado que a lo mejor conocía a alguien en esos hangares orwellianos, y en mi facilidad para hacer amigos, en caso de que no, pero sobre todo he caído en que entre apestados los abrazos y las distancias de separación son tontería.
Y entonces, he sonreído fantaseando con un mega "Gran Hermano Covid" y hasta se me ha hecho amable la imagen del camastro en la nave de infectados.
Estrechar a alguien entre los brazos y pegar hebra.
Desde siempre, no le he pedido mucho más a la vida.
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Ha fallecido Luis Eduardo Aute. La noticia, además de su muerte, es que no lo ha hecho por Coronavirus. Nunca fui muy seguidora, pero hubo una edad en la que también soñaba despierta a todas horas con abrazos. Entonces, no anhelaba los conocidos y puntualmente racionados, sino los prohibidos y llenos de posibilidades. De esas ensoñaciones confinadas de adolescencia, muchas tuvieron involuntariamente esta música...
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