Llevamos varios días con cifras de fallecidos de dos dígitos, el país entrando a distintas velocidades en diferentes fases de la desescalada y los sanitarios de las UCIs colgando las batas y apagando las luces, como actores cuando acaba la función. Las mascarillas se han vuelto obligatorias en todos los lugares cerrados y en los espacios abiertos donde no se pueda respetar la distancia de seguridad. Se acerca el final de la pesadilla y nadie parece estar aliviado, ni esperanzado; en el ambiente solo flota aturdimiento, hastío y desconcierto. Algunos aún conservan energías para enfadarse y atizarle a las cacerolas por las noches. Qué vitalidad.
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Tengo inmunidad. Me han dado, por fin, los resultados de la serología y se confirma que he pasado la Covid-19 y que me he curado (ahora todo el mundo dice "LA" Covid: indica que diferencias virus de enfermedad y también, casi siempre, que eres positivo en pedorro). Tengo el marcador IgM negativo, lo cual significa que ya no tengo la enfermedad activa, y el IgG positivo, lo que indica que sí la tuve y que he fabricado el arsenal para neutralizarla.
Lo primero que me han dicho mis amigos es que me puedo morrear con cualquiera o forrarme a citas en Tinder, exhibiendo una captura de la analítica. En qué estarán pensando, tras dos meses de estricto confinamiento y un verano que se vislumbra caliente solo en los termómetros... No niego que la palabra "inmune" tiene un componente empoderador, que te hace sentir entre protagonista de un clip de Beyoncé y capitana de una misión de elegidos a Marte, pero cuando vuelves a la prosaica realidad "casita-mascarita-y-paseíto" entiendes que tu superpoder es invisible a los ojos, como lo esencial de "El Principito". Precioso, pero poco tangible.
Tampoco se sabe cuán potente y duradera es la inmunidad que una adquiere, porque como con todo lo relacionado con LA Covid, nadie tiene certezas. Pero oye, ya solo no vivir como una yonqui del gel hidroalcohólico tiene su punto. Lo cierto es que no me he obsesionado nada con esta enfermedad, acaso porque las he pasado peores o porque siempre he sido despreocupada con el negociado gérmenes, el caso es que la he recibido con una suerte de fatalismo de la abuela, según el cual si te tiene que tocar, te toca y si no, para qué preocuparse.
Esta entrega resignada al caprichoso destino me ha permitido no enfadarme demasiado, incluso cuando ha corrido mala suerte gente apreciada, ni buscar culpables terrenales. En el polo opuesto de mi encomiable actitud zen, se encuentran las miles de personas que, para pasmo de los que estamos rizando el rizo del hastío, desfogan su ira cada noche golpeando cacerolas y pidiendo dimisiones a grito pelado. Yo no tengo nada en contra de que los ricos se alcen en pro de libertades cuya existencia acaban de descubrir; nunca es tarde para hacerse activista pro derechas humanas, pero se me escapa lo de lanzarse a la calle bien apretaditos a pedir que nos demos brillo con la desescalada, cuando ésta depende precisamente de que no salgamos a la calle bien apretaditos.
Quizá sientan que la bandera en modo capa les confiere un escudo preconstitucional protector que les inmuniza, pero no estoy segura de que funcione el hechizo, porque Ortega Smith va siempre con outfits rojigualdos y, por mucho que presuma de anticuerpos españoles, LA Covid le ha dejado un reguero de secuelas. Aquí los únicos anticuerpos y fuerzas de seguridad dignos de honra son los de la menda lerenda.
A las ocho, apenas ya hay aplausos, porque es la hora en que pueden salir a hacer ejercicio personas que nunca antes lo habían hecho, pero no están las ventanas de oportunidad como para desperdiciarlas, por mucho que algunos solo se asomen a ellas para aporrear sus relucientes baterías de cocina.
Se ha instalado un calor estival prematuro, que nos confunde más si cabe, dentro de esta voladura dantesca del espacio-tiempo a la que hemos asistido. Nos atrincheramos cuando llevábamos forros polares y nos encontramos sudando la gota gorda bajo la mascarilla, con la ropa de verano sin desempolvar. Lo que ha ocurrido entre medias es un terremoto que lo devasta todo en silencio y en diferido, de ahí que abandonemos nuestras guaridas cegados por el sol y sorprendidos de que todo siga en pie, aunque pueda estar a punto de desplomarse.
Il fait si chaud qu'il nous poussent des envies...
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