CORONAVIRUS MADRID/DÍA 6

BÁSICOS DE PRIMAVERA

Hoy hemos cruzado la barrera de los 1.000 fallecidos. Ya hay unos 20.000 infectados, pero todo el mundo asume que esta cifra no es real, porque la prueba no se hace, ni mucho menos, a todos los sintomáticos.
Están ingresados en la sanidad pública Esperanza Aguirre -la diva de la sanidad privada- y su marido.
La famosa curva de contagios que debemos luchar por doblegar, mediante el confinamiento generalizado, sigue ascendiendo y todos nos preguntamos si seguiremos el catastrófico sendero de Italia o lograremos flexionarla a la coreana, pero del sur. O sea, con algo más de parsimonia.
Es primavera.
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¿Sabes eso de las abuelas de "una se hace a todo, hija mía" o "que Dios no nos mande todo lo que podemos soportar"? Pues, tal cual. Yo ya lo sabía, no por ser más lista, sino más pringada. Quiero decir, que como me he comido buenos marrones en la vida, sé que una se hace a todo y que ese todo puede ser canela en rama. Igual te digo que hay una parte buena en hacerse fuerte, especialmente si vives en esta sociedad blandita, que de todo hace un drama. 

Esta inmersión salvaje en lo realmente peligroso y dramático de la existencia acaso sirva para sacudirnos un poco las extendidas tendencias moñas o, al menos, para devolverle su significado a las palabras: pena, tragedia, dolor, crisis, lucha, causa...Estábamos llegando a un punto de estupidez, susceptibilidad, egocentrismo, intolerancia a la adversidad e infantilización, en el que las vicisitudes de la vida -mantengamos el lenguaje abuelil, en honor a las que luchan por su vida- causaban auténticos estados de alarma en la población.

Es jodido crecer a base de sufrir. No sé bien quién inventó este sistema, por el cual se avanza emocionalmente superando obstáculos duros de pelar. Pero, funciona. Capear temporales y salir más o menos airosos nos vigoriza, nos hace sentir menos pánico a nuevos temporales. Y en ese proceso van deshojándose temores y va afianzándose la certeza abuelil de que una "puede con lo que le echen". Y cuando de verdad sabes que puedes con lo que te echen, sueles perderle el respeto a casi todo y estás lista para vivir mucho más ligera, que no es otra cosa que vivir sin miedo.

Cuánto miedo me rodea ahora mismo... Miedo a las décimas de fiebre, a las toses ajenas, a los pomos de las puertas, a las distancias de separación, a las cifras, a las curvas que no se doblan... el acojone es generalizado y revela, hasta cierto punto, lo poco preparada emocionalmente que estaba esta sociedad para capear temporales huracanados. 

Demasiado corazón
Somos de lo más sofisticados emocionalmente: hablamos constantemente de sentimientos, los compartimos, los observamos, los analizamos. Les damos tanta importancia que ya les permitimos dominar casi todas las áreas de nuestra vida, incluso aquellas, como la política, en las que debiera primar la razón, ese vestigio del siglo XX al que casi queda feo encomendarse.

Uno de los principales problemas de la grave crisis de salud que atravesamos es la ausencia casi total de material de protección para los sanitarios. No hay mascarillas. Solo hay una fábrica en España y están prácticamente rotos los stocks mundiales. Casi toda la producción se concentra en Asia y ya sabemos que Wuhan, contigo empezó todo. China las factura, China las apura.
No deja de ser alucinante que este continente, capaz de alumbrar la maquinaria médica más revolucionaria, los tratamientos más vanguardistas y hasta un acelerador de partículas que rompe el espacio-tiempo esté ahora mismo al borde del caos PORQUE FALTAN MASCARILLAS, esos trocitos de fieltro con gomas.

¿No es una alegoría maravillosa de nuestra era que nos falte lo más básico? Yo creo que sí. Nos hemos sofisticado tanto que hemos olvidado el inmenso valor de lo rudimentario y se lo hemos cedido a otros que sí recuerdan cómo todo cuenta, quizá porque no andan sobrados.
Una mascarilla es a la medicina lo que dar un rule por el barrio, en nuestra agenda de ocio pre-confinamiento. ¿Y lo que daríamos ahora por ese rule? Un abrazo, un rato pegando hebra con la compi de curro o una caña viendo la tele en un bar son las mascarillas de nuestra vida. Esos ingredientes básicos y totalmente devaluados sin los cuales, como vemos, reina el caos y la desolación. Simplifiquemos.

Dai, Italia, dai...

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