Superamos ya los 11.000 contagiados y vamos camino de los 600 muertos.
El resto de Europa se va sumando a España e Italia, que sigue liderando los estragos de la pandemia en el Viejo Continente. Cierre de fronteras en la Unión Europea, marcha atrás de Boris Johnson en su plan para dejar que la selección natural de su compatriota Darwin obre el milagro en Reino Unido (¿se lo replantearán los abuelos "brexiters"?), remontada de Macron, tras su letargo electoralista...
El continente, ahora sí, todo el continente toma conciencia de las dimensiones de la catástrofe y los Gobiernos van aprobando medidas de economía de guerra, a cada cual más alucinante. Un festín de keynesianismo con reminiscencias marxistas recorre una Europa entregada al liberalismo, el "laissez faire" y las veleidades nacionalistas y proteccionistas, hasta hace solo una semana.
Ver para creer.
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Hace tiempo que no sé expresar la sensación de malestar general que me invade. No es el Coronavirus, al menos de momento. Ni siquiera me refiero a mi cuerpo. Uso el término "general" para referirme al entorno, al mundo, a la Humanidad. Qué ínfulas. Sé que suena loco, a superchería, a devota del "New Age", pero de algún modo estamos conectados a la naturaleza, al todo, quizá hasta al futuro, y acaso almacenamos todavía algo de inteligencia colectiva, de instinto de enjambre. Sea como sea, yo percibo mal rollo en el ambiente, desde hace años. Mi sexto sentido, mi chakra Ajna, mi ser de luz o esa voz de certezas inefables e instintivas de la que se privan los esclavos de Descartes me dice, desde hace años, que hay lío global en marcha y que no se resolverá con pañitos calientes, como los que andábamos poniendo. También se lo ha debido de susurrar a los guionistas de series, que han multiplicado historias sobre sociedades distópicas, bastante similares al súper percal que nos ocupa.
Desde el inicio de la crisis de 2008, pero especialmente desde los estragos y movimientos de protestas que surgieron en los años posteriores de "Gran Depresión", apesta a cambio de paradigma y no acaba de resolverse. Hoy, ha desfilado por televisión la mayoría de líderes europeos con salvas de medidas extraordinarias y excepcionales. Tanto, que cuesta literalmente creérselas. En Italia, han prohibido despedir a las empresas. Como lo oyes.
En España, el presidente Sánchez ha comparecido para detallar una batería de decisiones que concentran treinta mil legislaturas, en treinta minutos de speech. Ha hablado a mil legislaturas/pm.
Moratoria de las cuotas de la hipoteca a los colectivos vulnerables, prohibición de desahucios, prohibición de cortes en suministros, prohibición a fondos extranjeros de hacerse con más del 10% de empresas españolas, prestación por desempleo a todos los afectados por despidos temporales incluso sin haber cotizado... todo ello supone una inyección de 200.000 millones de euros, equivalente al 20% del PIB español. Madre del amor hermoso.
Pues este rollo keynesiano extremo con reminiscencias comunistas (andan hablando de expropiaciones y nacionalizaciones. No uso la palabra desde Mitterrand y Ruiz Mateos, con eso lo digo todo) se expande como el virus. ¿Contagiará a Trump? El tiempo y el Covid-19 lo dirán. En cualquier caso, es inevitable pensar en la Segunda Guerra Mundial, en Roosevelt y en los déficits superiores al 20% del PIB que encajó Estados Unidos entre 1939 y 1945.
La guerre
Pienso mucho en mi madre. En su infancia. Mi madre hablaba muy a menudo de la guerra, de la ocupación de París, de sus pánicos de preadolescente. Hasta que murió, seguía teniendo pesadillas con aviones que se estrellaban (cayó uno aliado en el terreno de la casa de campo de mis abuelos). Qué miedo y qué incertidumbre. Solo ahora consigo acercarme a imaginarlo. Esa sensación de caminar como funambulistas sobre el abismo y de desmoronamiento de toda realidad conocida me conectan con ella. Nada comparable a un enfrentamiento bélico y a la invasión nazi, no pretendo hacer la analogía banalizadora, pero sí atisbo el desasosiego profundo por el vuelco radical y absoluto de todos los muros de contención del orden de un país que pudieron experimentar mis abuelos. En España y en Francia. El vértigo.
Me viene a la mente su cotidianidad. Ella contaba cosas como el miedo que le producía ir andando al colegio y cruzar el Pont de l'Alma, porque sabía que bombardeaban puentes. O que sus padres le cortaban la punta de los zapatos con una cuchilla de afeitar porque le crecían los pies y no había calzado por ningún lado, o era impagable. Conozco retazos de su rutina en estado de excepción. ¿Se llega a normalizar la incertidumbre o solo se espera su fin con resiliencia, la nueva resignación laica?
Pienso en la cotidianidad de mi madre, de mis abuelos, porque me pregunto qué clase de mundo imaginaban que habría después de la guerra. Especialmente, cuando parecía que nunca acabaría o que acabaría con un Reich infinito, como en los últimos meses del 42, por ejemplo. A la Segunda Guerra Mundial sucedió un nuevo orden mundial (NOM, en las siglas de mis apuntes de la carrera), que seguramente nadie era capaz de prever y que trajo a Europa occidental la mayor época de paz y prosperidad de su Historia.
NOM
Aunque la devastación económica es en esta ocasión coyuntural y mucho más limitada, la incógnita sobre cómo saldrá el mundo de ella no es menos difícil de despejar. Estados Unidos tiene un mamarracho demenciado a la cabeza del país, que ha demostrado simultáneamente que la democracia funciona hasta el extremo de ser designado y que el incontestable imperio del siglo XX se va a tomar por saco.
Rusia se agazapa en las sombras en las que se ha movido cómodamente a lo largo de su Historia. ¿Y China? ¿Nos traerá un "Plan Marshall" China? Hace unos días, así me lo sugería el corresponsal de EFE en Bruselas, Javier Albisu. No es ninguna boutade: su imagen ha salido reforzada de esta crisis y su régimen ha sido blanqueado con mascarillas y desinfectante. China es ejemplo. China es solidaria. Yo solo creo que China sabe lo que se hace.
Puede que el Covid-19 sea la diminuta puerta de entrada para que el famoso cambio de paradigma se culmine, la Humanidad alumbre el nuevo orden que lleva más de una década gestando y China juegue un papel inédito en nuestra Historia.
La gran incógnita (mi gran incógnita) es con qué rumbo y con qué grado de unión avanzará esta Europa temporalmente entregada a la puja de "New Deals", reconciliada siquiera puntualmente con el bienestar prioritario de sus ciudadanos, que la distinguía ante el mundo. Esta Europa que se hallaba en pleno proceso de desmembramiento, infestada de nacionalismos y proteccionismos, entregada al capital, inmune al virus de la pobreza y las guerras de África y Oriente Medio, y que de pronto se ve obligada a dar un golpe de timón sin precedentes, cuando iba a la deriva.
El Coronavirus se ceba con los ancianos. Europa es el Viejo Continente viejo. Mi Chakra Ajna me dice que no es casual, pero no aporta mucha más información más allá del empirismo, que tan poco le gusta: Europa se crece y se une ante rivales externos y puede que la pandemia haya descubierto, al fin, dónde nace el Sol, dónde nacen las plagas y dónde nace el nuevo orden del mundo.
I.S.A.
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