CORONAVIRUS MADRID/DÍA 5

DETRÁS DE LAS CORTINAS

Cerca de 14.000 contagios y más de 600 muertos.

Pedro Sánchez comparece en un hemiciclo vacío, ante los representantes de algunos grupos políticos. Más Black Mirror.

Si alguien que llevase un mes en coma abriese los ojos ahora mismo y leyera los titulares de la prensa, pensaría que ha dormido siglos o que sufre alucinaciones: "La OMS avisa de que el Coronavirus mata a jóvenes", " El Gobierno advierte de que lo más duro de la epidemia está por llegar", "Merkel pide la colaboración ciudadana ante el mayor desafío desde la Segunda Guerra Mundial", "La  UE y la ONU aplazan sin fecha las negociaciones del Brexit", "Cuarentenas y cierre de fronteras en el Sureste asiático", "Trump cierra la frontera con Canadá". "Casi la mitad de los estudiantes del mundo, en casa". "Miles de efectivos del Ejército se despliegan por España", "Más de 50 ancianos muertos en residencias de varias provincias" (sé que esta cifra será exigua, en breve).

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Asoman los primeros rostros de la tragedia. Bueno, no exactamente. Asoman tímidamente las primeras historias personales de la tragedia. Un ex presidente de club de fútbol grave, un hombre joven y sano que, sin embargo, pelea por su vida y ancianos, decenas de ancianos que se nos van. Las residencias de mayores se han transformado en el huésped más codiciado para este virus tan bien bautizado, que ya reina en el todo el mundo.

Uno de los factores que contribuye al tufo distópico de esta crisis súbita e insólita es que nadie percibe la guerra que todos nos confirman que se libra a pecho descubierto en las trincheras de los hospitales. No vemos nada. Podría no estar pasando y nos los tragaríamos igual.

El vocabulario bélico va calando en los discursos de algunos líderes, tras tratar de evitarlo hasta el momento para no ponernos como motos confinadas, que algunos ya llevamos ocho días de encierro. Así, la palabra "guerra" va normalizándose despacito, en modo período de incubación. Bien, pues en esta guerra no escuchamos bombardeos, ni aviones, ni vemos destellos de luz en la noche. Tampoco, desperfectos por las calles. Del escenario bélico en los hospitales, nos llegan relatos de gestas, que, como en el Medievo, van inflándose  hasta alcanzar tus oídos: "dicen que en el Ramón y Cajal", "no, lo peor al parecer está en la UCI de la Princesa", "a mí me ha dicho una amiga enfermera que el 80% de sus compañeras...". Así todo el día. Testimonios compartidos en redes sociales por algunos profesionales sanitarios (los menos, ya que no tienen tiempo, ni seguramente ganas de alarmar) y poco más.

Yo me imagino "la guerra" como "eso que pasa" tras una gran cortina verde quirúrgica; o tras las puertas batientes de las unidades de vigilancia intensiva y tiendo a hacerlo con toques peliculeros: enfermeras que secan el sudor a otras, carreras apresuradas, personal arremolinado entorno a médicos para salvar una vida que pende de un hilo...  Sé que todo esto son tonterías y, cuando me centro y recuerdo que yo misma he pernoctado en una UCI tras una intervención, entiendo que la guerra que se libra es muy silenciosa en la trinchera y muy escandalosa, en la retaguardia. Contagios de personal, aislamiento preventivo de los colegas en sus domicilios, falta de efectivos, carestía de material que obliga a extremar las precauciones y ralentiza todos los procesos, volumen ingente de ingresos... La "guerra" debe parecerse más a esto.

Sea como sea, no vemos nada. Los medios no acceden a las trincheras y no hay ningún Robert Capa del Coronavirus. Cuando la imagen y el vídeo han sustituido toda narración, el relato de esta guerra nos llega por boca de terceros, por gente que conoce a gente que está en el frente. Plagas medievales, cantares de gesta medievales. Tiene su sentido.
Sin embargo hoy, como decía, han asomado las primeras historias de víctimas del CoVid-19. Tampoco las vemos, porque la mayoría se halla confinada en residencias de ancianos; de nuevo, las imaginamos. Pero, al menos, percibimos a algunos de sus familiares entrando y saliendo y unos cuantos nos hablan de los que están bien o de los que no tanto.

Los noventa son los ochenta de antes y así todo
Tengo una tía soltera de 92 años, a la que quiero muchísimo, en una residencia de ancianos. Afortunadamente, su cerebro de profesora de ciencias es más excepcional que todos los titulares y decretos que circulan por el planeta, además de inmune a la demencia y el deterioro cognitivo. Así que, mi superdotada tía escribe whatsapps a diario a su familia contándole cómo van las cosas ahí dentro. También hace videollamadas y sinópsis de las series de Netflix que ve en su tablet. Todos sus mensajes son de absoluta serenidad, porque mi tía no tiene miedo a morir y acepta la muerte, no ahora que es anciana, sino desde siempre. Ayudó a morir a sus padres, a sus hermanos y hasta a una casera con quien se alojó en La Mancha, en uno de sus primeros destinos docentes. No es solo su experiencia vital la que le hace encarar la muerte sin temor, ni sus convicciones religiosas, sino una profunda aceptación de la vida, que disfruta en plenitud y con inmensa alegría, pero que sabe finita y asume finita, sin dramas.

"Somos demasiados y demasiado viejos", me repite siempre que voy a verla. El panorama en su residencia es bastante desolador, como el de casi todas, imagino. Ella y pocos más son la excepción a una gran cantidad de mayores  -muy mayores- con procesos avanzados de demencia y/o deterioro físico. En ocasiones, no la visito en su agradable habitación, sino en la sala de televisores, donde decenas de ancianitos miran a la nada, repiten cosas ininteligibles, se lamentan bajito o abrazan una muñeca.

Cuando estuve mala y tuve que acudir varias veces a urgencias, siempre me sorprendía la enorme cantidad de octogenarios y nonagenarios que ocupaban las camas. Cualquiera que haya estado ingresado conoce los lamentos de los ancianos demenciados en las plantas de hospital, en las salas de observación donde, si no estaban idos del todo, acaban perdiendo por completo la cabeza, debido a la desubicación. Así, y pese a los mimos, cariño y cuidados de las enfermeras y, sobre todo, de las auxiliares, pueden pasar semanas encamados, a menudo atados.

 "Los mayores que antes morían en casa en dos meses, ahora mueren en los hospitales, en dos años. Ingresan desde la residencia por un problema renal, se les estabiliza y se les devuelve a la residencia con medicación. La medicación les desestabiliza otro órgano y vuelven a ingresar para que los trate el internista o el cardiólogo. Más pruebas, más cama, más polea para movilizarlos, más ataduras, más dolor. Regresan a la residencia medio estabilizados, hasta que vuelven a ingresar. Y así pueden pasar meses, hasta que acaban falleciendo. Mientras, por el camino, ha quedado un reguero de sufrimiento para el paciente y un esfuerzo inmenso para la Sanidad, que bien podría haberse destinado a la investigación del cáncer infantil. Se nos están muriendo pacientes de 95 años con 15 de hemoglobina, porque les trasfundimos hasta el último aliento. He llegado a ver cirugías para centenarios".

Habla con ella
Este testimonio me lo dio un oncólogo a punto de jubilarse, en una noche de confidencias hospitalarias y fue definitivo para mí. Hablábamos de la muerte. Me atreví a preguntarle cómo llevaba un oficio que lidia con ella a diario, que pierde a menudo la batalla contra la enfermedad. Yo misma andaba, por entonces, en pleno proceso de aceptación, decidida a perderle definitivamente el miedo o, al menos, a mirarla de cara y asumir que mi vida concluirá, y toda aportación me parecía poca. "Cuando era joven y estudiaba, en la España pobre de los años 70, había unas tablas de pruebas diagnósticas por edad. A partir de ciertos años, algunas pruebas no se realizaban y la gente lo asumía con total naturalidad", me dijo. "Ahora, sería impensable. El principal problema no son casi nunca los ancianos, son las familias. Son ellas las que presionan para alargar un mes más, seis meses más, un año más, sin ser conscientes de que quizá el enfermo no querría, sin ser conscientes de que la vida tiene un final y de que todo ese esfuerzo puede destinarse a fines más nobles, como seguramente querría la inmensa mayoría de nuestros pacientes, si se lo preguntásemos y estuviesen en condiciones. Cuando envejecemos nos abrimos cada vez más a ceder el puesto en la vida. Estamos seguros de eso".

Mi tía ratifica punto por punto las palabras de este médico, él mismo convertido ya en anciano. Me explica cómo no hay un solo compañero de residencia que monte circos porque se va a morir y cómo sí lo hacen los familiares. Mi tía me dice que no quiere circo alguno cuando se muera, pues está "más que cumplida". Mi tía está preocupada porque ve el mundo "reguleras".

Dado que la muerte es tabú, un inmenso tabú, el gran tabú de la sociedad moderna y racional -tan racional que no asume la única certeza de su vida-, abordar el problema del alargamiento estéril de la supervivencia y su coste para la Sanidad es tabú, también. Tabú para quienes ven brotes eugenésicos filonazis siquiera por pensarlo y para toda esa masa de seres racionales, que no quieren ni tocar el tema porque se tienen que tomar un Lexatín. Tabú para todos. Si Freud trabajase a principios del siglo XXI y no del XX, la muerte se impondría sobre la sexualidad en todas y cada una de sus teorías.

Me temo que el Coronavirus pondrá involuntariamente este incómodo tema sobre la mesa. Y me temo que nadie tendrá los arrestos para afrontarlo. No se trata, como muchos creen mientras se rasgan las vestiduras, el santo rosario o la bolsa de marihuana, de dejar de tratar a los ancianos que nos lo han dado todo, que nos han traído hasta aquí a base de esfuerzo y afecto. Se trata de hacer saber a las personas jóvenes y adultas que van a morir. Que la muerte existe, pese a que nuestra sociedad infantilizada y acojonada la esconda tras cortinas verdes o puertas batientes de hospital. Y que familiarizándose con ella uno no tiene por qué vivir atormentado, angustiado, desgarrado por su cruel arbitrariedad. Más bien al contrario, aceptarla como parte de la vida hace que ésta se disfrute más intensamente y contribuye a eclipsar la pandemia de ansiedad y angustia vital que contagiaba a las sociedades ricas, mucho antes que el Coronavirus.

Hablar de la muerte, aceptar que sella nuestra existencia, nos permite manejar con mucha mayor naturalidad la de nuestros seres queridos, empezando por los ancianos. Nos permite incluso preguntarles, antes de que sea tarde, cómo quieren terminar su vida, para no andar a tientas con dilemas éticos cuando se les apaga la razón. Nos permite entender cuándo se ha acabado la calidad de vida y empieza un tiempo de descuento tantas veces sobrero. Si cada uno piensa en su propia muerte nadie tendrá que pensar en la muerte ajena, ni decidir sobre ella. Creo que solo con hablar de la muerte y romper el tabú, con un mínimo cambio de actitud, los beneficios en nuestros mayores, en nuestra salud pública y en nuestra propia salud mental y emocional, se notarían casi de inmediato.

Pienso en Freud, en la sexualidad, en cómo era imposible hablar de ella libremente hace solo unas décadas y en cómo hoy la ruptura del "gran secreto" ha dejado de hacer daño de mil formas a tantas personas en las sociedades modernas. No pensar en lo chungo nos ha traído en parte a esta locura que estamos viviendo, cuando hablar de lo chungo deja de hacerlo chungo.

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