Pareció que nunca llegaría, pero ya está aquí "la desescalada", otro fichaje del argot pandémico, que se añade a los ya superados "contención", "mitigación", "pico de la curva" o "meseta". Significa que llevamos varios días moviéndonos por debajo de los 300 muertos, e incluso de los 200, y que hay que ir insuflándole calor a una economía hibernada (aunque yo la veo crionizada, como Walt Disney; se supone que puede resucitar, pero a saber cómo).
Superamos los 25.000 fallecidos -más de 30.000 probablemente, cuando se ajusten las cuentas- y escuchamos la cifra sin despeinarnos. Cerca de treinta mil personas nos han dejado sin que ningún familiar haya ido a verlas mientas se apagaban, encerrados en casa como estaban y como siguen, sin perdonar a la muerte enamorada, ni a la vida desatenta, ni a la tierra, ni a la nada...
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El Gobierno sigue gobernando a 10kL/pm (legislaturas por minuto), para acompasar el país al ritmo frenético, pero a la vez incierto, de los acontecimientos. En esta nueva etapa, se trata de que los ciudadanos vayamos saliendo a la calle despacito y por tandas, mientras las empresas hacen lo propio con su actividad. No hay topes para cada etapa de la desescalada; cada una durará lo que los restos vitales de Fernando Simón y sus adláteres determinen, en función de su impacto en esas curvas españolas a las que no quitamos ojo, como hijos y nietos de Alfredo Landa que somos.
Lo bueno es que han abierto las peluquerías y yo podré hacer como los artistas que se aventuran en nuevos estilos: abandonar mis raíces.
Hoy me gustaría hablar de LA GENTE, entre la que, por supuesto, no me incluyo, como toda la gente cuando habla de la gente.
LA GENTE es la protagonista absoluta de esta "nueva normalidad", como gusta de llamar el Gobierno a este período de reactivación abúlica, en un intento sutil por hacer ver que nada va a ser como antes, chatos, pero que refuerza, a la vez, ese tufo orwelliano que va impregnándolo todo, desde principios de marzo.
Si los sanitarios, transportistas, limpiadores, basureros y otros servicios ESENCIALES (toma guantazo a los de la meritocracia, la sinergia y la oficina en torre emblemática, que nadie ha echado de menos para absolutamente nada) protagonizaron los dos primeros meses de nuestra vida con el virus, ahora que los hospitales de campaña han cerrado y las UCIs se van vaciando, nos toca a nosotros, a la gente. ¿Qué tenemos que hacer? Pues como siempre, desde hace dos meses: achantar la mui y obedecer.
Nos han impuesto unas franjas horarias para que LA GENTE salga por entregas y no se arremoline. Ancianos y dependientes, en las franjas más cómodas de mañanas y tardes; niños, máximo una hora entre mediodía y las siete; y adultos de paseo o ejercitando, de seis a diez de la mañana y de ocho a once de la noche. Esto es España, así que ya te imaginas en qué franjas horarias están las calles y las veredas como una maratón vecinal de la San Silvester Stallone.
Lo de las actividades loncheadas es para estar un buen rato en la calle, porque si es para ir como alma que lleva el Covid a la farmacia o el súper, puedes seguir moviéndote cuando quieras, mas nunca entreteniéndote y disfrutando. Además, quién disfruta respirando su propio hálito contenido por una mascarilla, tratando de leer precios con las gafas empañadas y empujando el carro con las manos sudadas en guantes de nitrilo.
Horror en el hipermercado, terror en el ultramarinos
Ir al supermercado siempre ha sido para mí el acto tedioso de a quien siempre le toca ir al supermercado. Los que hacemos asiduamente la compra solemos distinguirnos por el "tirohechismo" que gastamos en los radiales, que navegamos a toda pastilla cogiendo los productos rutinarios y colocándolos en el carro según nuestras manías, para mayor comodidad. Solo los compradores ocasionales van arrastrando los pies, curioseando estantes y descubriendo artículos que los abonados al súper nunca veremos, cegados como vamos con nuestras orejeras para mulas de carga.
Bien, pues si hacer la compra en la era A.C-19 suponía ya un engorro a despachar con la mayor brevedad, ahora que nos obligan a ataviarnos como aficionados al bondage de mercadillo, no te quiero ni contar. En realidad, nadie nos "obliga", pero LA GENTE se siente más segura si va a todas partes con mascarilla y con guantes, aunque se lance a toquetear cosas y a ajustarse, a renglón seguido, el cubrebocas o las gafas empañadas o el flequillo cosquilloso, ejerciendo de porta-virus. Da igual. Lo de ir con el disfraz de proctólogo a todas partes ha calado hondo (perdón) y hace que si vas al super "a pelo", LA GENTE te mire mal. "Más peligrosos son ellos con esos guantes renegríos cogiendo monedas, empujando cestas y colocándose la varilla de la máscara en la nariz", piensas tú. DA IGUAL. Como se te ocurra hacer nudismo facial, tendrás que enfrentarte a cara descubierta, je, con las miradas fulminantes de los prójimos. Ríete tú de las minifaldas en el franquismo o del pelo al aire, en Ramadán.
Como en cualquier situación de emergencia, LA GENTE se ha vuelto más vigilante con la gente. Proliferan esas figuras delatoras de novela de postguerra y esas familias odiosas que siempre protestan en las películas de catástrofes. Las mascarillas solo son obligatorias en el transporte público y recomendables en aquellos sitios donde se puede aglomerar la basca, circunstancia que no debería darse en estos primeros peldaños de la "nueva normalidad", pero la gente suele pagar su jodienda jodiendo a otros, ya sabes, y se han puesto más multas en estos dos meses que en los últimos cinco años, en virtud de la Ley Mordaza. Qué guasa de nombre, ¿eh?
Enjambres y rediles
LA GENTE tiene miedo y se protege como puede. Y aunque, a veces, le pegarías un guantazo sedante, como los que reciben del piloto las parejas odiosas en las pelis de accidentes aéreos, en parte te dan penita. Cuando ves a los rebaños de paseantes salir disciplinadamente a las ocho de la tarde, con su morral en ristre, y mantener zigzagueando los dos metros de separación aconsejables, sientes cierta ternura sobre lo muy manejables que somos y lo rápido que podemos pasar de ponernos guantes, a ponernos en fila o a subirnos en naves rumbo a Orión. Entiendes esa mansedumbre que llevó a otra GENTE, en otros tiempos, a aceptar poco a poco normas aberrantes y a entrar en rediles llenos de peligros dantescos.
La GENTE suele caerte mejor cuando la conjugas en primera persona del plural y asumes que tú eres uno más de ese enjambre potencialmente tan dócil. Hoy se ha renovado a duras penas el estado de alarma por otros 15 días, acaso los últimos. Al Gobierno le ha costado arrancar su aprobación en el Parlamento, porque a la derecha de pronto le ha dado por desescalar a todo trapo (de boquilla, solo por fastidiar, ya sabes, España...) y yo, mientras veía de reojo el debate en el Congreso, he pensado que la democracia es un regalo que, como la salud, no valoramos hasta que la perdemos. Con la facilidad que tenemos LA GENTE para achantar, obedecer y vigilar a LA GENTE, para cualquier gobernante poco dado a las libertades, el estado de alarma puede transformarse en estado de gracia.
Non, les braves gens n'aiment pas que l'on suive une autre route qu'eux...
La gente diría que este es un buen artículo. Yo diré que es brillante. ¡Enhorabuena!
ResponderEliminar¡Muchas gracias! Me anima a seguir. No dudes en comentar lo que quieras.
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